Obviamente envejecimiento y enfermedad son procesos diferentes, pero hay que reconocer que el envejecimiento predispone a varios procesos patológicos y entre ellos a las enfermedades cardiovasculares, sobre todo las relacionadas con la aterosclerosis  (el depósito e infiltración de grasas  en las paredes de las arterias).

Los factores dietéticos están implicados en estas enfermedades, y una adecuada intervención nutricional puede tener un papel básico en su prevención y tratamiento.

Con la edad disminuyen las necesidades calóricas, en parte al disminuir

el gasto calórico basal y también la actividad física y masa muscular.

En el anciano puede crear más problemas la desnutrición que el sobrepeso, por lo que hay que ser especialmente cuidadoso con la forma de establecer las limitaciones en la ingesta calórica, manteniendo siempre la norma de “comer suficiente y variado”. La mejor base para conseguir una dieta equilibrada es que sea variada, y para ello hay que consumir cereales, verduras y hortalizas, frutas, leguminosas, carne, pescado y productos lácteos.

La edad avanzada por sí misma no es un obstáculo para continuar o instaurar una alimentación cardiosaludable.

En una población anciana “sana” las recomendaciones de alimentación cardiosaludable no difieren esencialmente de las indicadas para la población adulta. La dieta mediterránea, con un alto consumo de productos vegetales (frutas, verduras, legumbres, frutos secos)  pan y otros cereales, y el aceite de oliva como grasa principal, se configura como la adecuada para preservar la salud cardiovascular también en la tercera edad.