La caza, cuando la comunidad es el peor enemigo.


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Ayer fui a ver “la caza”, una película danesa más que interesante. Trata sobre la ambivalencia de las pequeñas comunidades, capaces de ofrecer seguridad y confort, pero también angustia y asfixia. Una sociedad que enferma y que entra en una espiral donde nadie sabe ya dónde empieza la verdad o la mentira, y la atmósfera de desconfianza y desgarro lo cubre todo. Lejos de toda lectura misógina a lo Toni Cantó, que aproveche la excusa para hacer una lectura simplista en defensa de  ”el hombre”, la película nos revela una realidad mucho más complicada.  Expresada en la fragilidad de los vínculos sociales ante lo que primero es una sorpresa, una intuición, y acaba siendo algo indiscutible, se presenta como razón suficiente para apartar al otro de la familia humana, de los iguales -homoioi-, negando a la persona, eliminando  a través del lenguaje  nuestras neuronas espejo, nuestra empatía humana: enfermo.

Un tema complicado, muy sensible que mina toda confianza construida, puesto que, siempre cabe la posibilidad de que sea cierto, o incluso aún no siéndolo, pervivirá siempre ese poso de duda, de malos pensamientos y relaciones abyectas. Una sociedad machista que califica de perdedor a un hombre por trabajar en un parvulario, una niña falta de cariño por parte de sus padres y la indiferencia de su hermano adolescente. El estigma se hace carne y nunca deja de palparse en el ambiente, las miradas y gestos cómplices. La paranoia se convierte en una constante y se entra en una espiral esquizofrénica que afecta y se expresa paradójicamente, en su forma más anónima y más alejada de los directamente implicados.

Una película profundamente humana con silencios limpios en la crudeza del clima, nos muestra los rasgos culturales de una sociedad en concreto que de distinta manera a la nuestra,  expresa  las pasiones, el modo de tratar los problemas. Pero como quien lleva en su rostro una marca, la estela de la culpa nunca desaparece, la duda permanece, la comunidad nunca lo termina de aceptar porque poco importa la justicia, el desenlace, el reencuentro: los rumores de las pasiones tristes se mueven mejor en la desconfianza y el miedo que controla sentimientos humanos, los propios y los ajenos.

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El país al que nos conducen.


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“Las cosas cuestan”
Beatriz Jurado, presidenta de las NNGG del Partido Popular.

Hace unos días salía la noticia de un físico español al que le habían dado el premio al mejor físico joven de Europa, pero por lo visto en España, le cerraban las puertas porque su currículum no daba la talla. Esta es una situación bastante normalizada y de práctica cotidiana a la hora de valorar a las personas. Precisamente aquellos que dicen defender a capa y espada modelos de meritocracia, son los que más enquistados están en el imaginario y el hacer feudal. La meritocracia es un sistema bastante discutible incluso cuando se presenta en estado “puro”, pero aquí ni siquiera podemos hablar de ese supuesto; ¿cuántos profesores asociados en la Universidad, ahogados en la precariedad, observan año tras año como una casta de catedráticos anticuados taponan el saber y el conocimiento en defensa de su cómoda poltrona a la par que defienden el Plan Bolonia?

Por el contrario, lo que mejor saben hacer nuestras élites y cuanto más dicen ser liberales peor, es colocar a los más ineptos en los puestos mejor pagados. Para la lumpen-oligarquía que nos gobierna pensar es algo secundario, para ellos el valor añadido lo aportan los Carromero o el último cargo anunciado a dedo y pagado con el dinero público en la diputación de la mafia-Fabra de Castellón, al líder valenciano de NNGG, Juan Carlos Caballero, cobrando 45.000 euros al año. Apuntaba el politólogo Iñigo Errejón al comparar la noticia del físico español con la del cargo del miembro de NNGG del PP en Castellón, que  era una clara muestra de que vamos camino al subdesarrollo y que urge echar a toda esta gente. No le falta razón. Aquellos que más se llenan la boca con la palabra  eficacia y sobre la necesidad de destruir lo público y promocionar lo privado, son los mismos que llevan décadas viviendo de lo público, usándolo como trampolín y utilizándolo como medio para redistribuir la riqueza de abajo hacia arriba a modo de contratas y favores con grandes empresarios. Es mentira que “desregulen” el Estado, lo que hacen es regularlo de otra forma, utilizando el dinero de todos para trasladarlo al bolsillo de una casta patronal y por supuesto financiera.

Mientras todo esto sucede, la delegada del gobierno en Madrid, Cristi naci fuentes mandaba a los antidisturbios a emplearse con dureza contra las mujeres y hombres que se manifestaban por el derecho a decidir de las mujeres sobre su propio cuerpo. ¿Cómo un liberal que tanto sacraliza la libertad individual puede atentar tanto contra la autonomía de las personas con tal de defender a grupos de fanáticos que buscan devolvernos al medioevo? Debe ser porque son una panda de nazis como el miembro de la División Azul recientemente galardonado por combatir codo a codo con los nazis y que tanto aplaude el Partido Popular. Cuesta pensar con la cabeza fría cuando en las calles no paran de abrírsela a la gente, casualmente siempre las de los mismos, las del pueblo que la policía ha jurado defender, pero nunca la de los culpables, las de los que mandan. Se ve que esa es gente de orden, el orden del caos neoliberal que defienden los patriotas de hojalata que nos conducen, con Carromero al volante, directos contra el muro de la neoservidumbre.

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Pesadilla en 15m street


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Lo que más pueden denostar las élites de burócratas que gobiernan, sucede  cuando la propia sociedad es capaz de nombrarse a sí misma.  Pueden soportar un estallido, un encontronazo descontrolado fruto del momento, comprenden aunque condenan los actos que emanan de la desesperación, pero de ningún modo consienten que la sociedad pueda dotarse de sus propias leyes. Encontramos aquí las tres figuras paradigmáticas: la heteronomía, las normas que aplican unos y ejecutan otros, la anomia, la total ausencia de normas y por último la autonomía, tener por ley dotarse de sus propias normas y leyes. El miedo de todo soberano, de todo poder heterónomo, se proyecta contra la anomia usándola de ariete para azotar los temores de la población ordenada, pero su angustia reside en realidad, sobre las posibilidades de que la sociedad genere autonomía con respecto a su poder. Por eso en los discursos mediáticos se destaca de forma peyorativa que tal colectivo o grupo está “organizado”,  haciendo alusión a un  rasgo negativo en la sociedad civil del que hay que huir. La confianza en quien manda debe ser profunda, indiscutible, incluso cuando dicen defender algo mientras conducen en la dirección contraria: para defender el Estado de Bienestar primero hay que destruirlo si queremos garantizar su viabilidad en el futuro.

De la misma forma que se comprende a sí mismo, el régimen necesita traducir todo lo que se escapa más allá de sus contornos, con la misma lectura que hace sobre aquello que sí está dentro. En su afán de ordenar el tablero del juego para que todo que atado y bien atado,  lo que se niega a ocupar el lugar que otros le asignan –heteronomía- puede mantener su expresión, en tanto y cuanto no ponga en duda las propias reglas del juego y el modo de repartirse las cartas.

El 15m no es un movimiento, es la sociedad que se mueve; tampoco es el retorno de lo ya conocido, de lo que se espera que deba ser, precisamente porque no es un actor en concreto, es una forma de actuar y pensar difícilmente asociada a un grupo determinado. Por eso, quienes lo quieren comprender dentro de los márgenes que indica el régimen para encerrarlo en un titular, no podrán nunca encontrar nada parecido a lo que buscan. La sociedad en movimiento se parece más al miedo que provoca un poltergeist entrando en su televisión, o cuando Freddy Krueger interrumpe en los sueños para convertirlos en pesadillas. Con ellos no hay diálogo, no hay límites claros, son éter atacando los espacios y consensos más íntimos; es Nietzsche disparando a la moral dominante, al sentido común anquilosado en los dinosaurios. Los padres del régimen pensaban que tirando gasolina a lo que se mueve se iba a esfumar y a desaparecer; ahora toman café, comen bocatas de anfeta y no duermen ni siquiera la siesta. La sombra del poder constituyente, de esa innovación discontinua que deshilacha su normalidad caduca ronda por sus cabezas. Quieren frenarnos pero seguimos subiendo con nuestro jersey a rayas, el sombrero ajado y nuestro guante artesanal, al tiempo que ellos continúan saltando a la comba preguntándose una y otra vez, 9-10, dónde  está Fred.

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Cinismo rima con racismo.


 

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En la sociedad del cinismo, la culpa que se carga va en relación al poder social de negociación que uno tiene para hacerse valer, es decir, cuanto peor lo pasas, cuanto más te explotan, cuantas menos redes tengas para mantenerte a flote, más culpable eres de la situación y más ojos te miran con desprecio o indiferencia. No solo es el rechazo a lo que no se entiende, el miedo a lo diferente o las obvias diferencias culturales y socioeconómicas, además, debe modificar el estereotipo que lo describe y lo señala. Si los que paran debajo de mi casa la lían, se pegan en la calle porque están desarraigados, venden droga, se disputan esquinas y son de Senegal, se aplica el método deductivo: si estos son así –da igual la razón-, todos lo son en mayor o menor medida. La generalización –con lo que no tienen dinero-, conlleva tener que  demostrar constantemente que no eres lo que otros te acusan o piensan que eres, porque  sino, automáticamente se activa negativamente la diferencia que te hace ser de fuera.

Sucede también muy a menudo, un racismo que de distinta manera, anula por igual la autonomía de las personas y las cosifica en otro estereotipo: el inmigrante es “bueno” por el hecho de ser pobre. Una angelización que se acerca a la concepción que tenía la Madre Teresa de Calcuta de los pobres, cuando percibía en ellos una bendición y un disfrute en serlo; “hay algo hermoso en ver a los pobres aceptar su suerte”. Este imaginario es quizás todavía más detestable porque cierra el debate social, niega el conflicto y suprime la autonomía de las personas, encasillándolas  a una idea determinada de lo que debe ser un inmigrante, no pudiendo elegir ser “malo”, ser persona.

El multiculturalismo liberal tiene mucho que ver con esa antropología del cinismo disfrazado de respeto a lo diferente, cuando en realidad, no es otra cosa que la muestra de una total indiferencia con el otro. Quedan muy bien como decorado para una marca que vende la mezcla como un activo en el mercado, pero sobran en términos de personas y de derechos, porque ese es un campo subjetivo e individual de cada uno donde poco hay que decir. El cinismo es peor que los argumentos biologicistas porque dicen apoyarse en criterios objetivos libres de pasiones racistas y se expresan en términos de gestión: si no hay dinero primero los de aquí; aquí no podemos estar repartiendo dinero y sanidad a cualquiera, etc…. Así, frente a una terrible noticia donde una persona muere al no ser atendida en un hospital, muchos la justifican apelando a los razonamientos  que esgrimen las élites, es decir, las justificaciones de esos mismos que perpetran el robo sistémico a toda la población.

Primero fueron los proletarios; despreciados, apartados y hacinados en sus barrios mugrientos, sin más capacidad de consumo que el necesario para sobrevivir, sin acceso a pensar, porque decían los de arriba que sólo servían para cargar. Luego vinieron las mujeres, relegadas por el capital y sus maridos al ámbito privado y a parir como conejos. Las idolatraban como diosas intocables o las despreciaban si osaban salirse de su papel asignado. Luego vinieron los homosexuales, que deciden revelarse de la condición de enfermos que les acusaba una moral religiosa regida por hombres con sotana. Ninguna de estas condiciones se supera de una vez para todas, es necesario pelear continuamente para que sedimenten en la cultura y las vidas cotidianas. Los inmigrantes vienen a sumarse a esta larga lista que tienen que justificar su existencia como lo han venido haciéndolo otros grupos calificados de “minorías”. Paradójicamente, los sin papeles han servido en gran medida de espalda sobre la que descansaba el milagroso crecimiento español que tantos beneficios ha reportado a bancos y especuladores, ya sea subidos a los andamios, cuidando a niños y ancianos o viviendo apiñados en un piso. Lo han sido, en tanto y cuanto eran ilegales, condición necesaria para considerarse empleables y no a pesar de ello. La clave del beneficio reside en su inseguridad jurídica y su desesperación vital, no es un fallo, es un requisito. Ahora se les acusa de no contribuir;  igualito que un defraudador.

La dupla empleo-paro azota los sentimientos de competencia encarnizada en aras de la supervivencia, convirtiéndose al mismo tiempo, en la zanahoria y el embudo que nos asfixia. Cualquier alternativa que pueda considerarse tal cosa, ha de ofrecer una salida distinta a la precariedad extensiva e intensiva como  supuesta salida del paro, sin caer por ello, en la mistificación del pleno empleo digno como fin a conseguir.  En este sentido, se debería aumentar el foco del bienestar para que también se considere el reparto del empleo y la riqueza junto con otras vías desligadas al hecho de tener o no tener empleo. El fascismo social echa raíces ahí donde  se encuentran culpables a quienes menos poder tienen, y  modelos a imitar en quienes  lo ejercen,  provocando peligrosamente, preocupaciones similares a las que tiene un siervo. Siempre más celoso de compartir con quien vive a su lado y produce riqueza, que hacerlo con las élites que no te quieren ni ver, te roban la riqueza y se la llevan a paraísos fiscales. La movilización y la lucha por lo de tod@s, la democracia en marcha por los derechos, es el mejor antídoto para evitar que emerjan las pasiones y murmullos más tristes  que contiene el ser humano.

 

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Demofobia


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Hay quienes sufren de una grave enfermedad, una enfermedad que se llama demofobia: la fobia, el pánico al demos, al pueblo y las multitudes. Le tienen alergia a la protesta cuando se trata de ampliar derechos sociales a la población, pero no  cuando se busca restringirlos. Para algunos la democracia está vacía de política y de gente, pero llena de mercado y de leyes que raramente se aplican a quienes más se lo merecen. La democracia no es un animal disecado y petrificado en un ordenamiento jurídico, la democracia se mueve, porque dentro de ella hay intereses opuestos, identidades distintas y antagonismos. Uno de ellos es la forma en la que se  reparte la riqueza, ya sea por la vía de los salarios o en derechos sociales; se bajan, se suben, se amplían, se restringen. La democracia no es un simple protocolo, es una tensión continua en torno al reparto del poder que gira fundamentalmente sobre dos orientaciones: lo de todos para pocos o lo de todos para todos.

Cuando un régimen político se cierra en sí mismo, se esconde y no escucha a una ciudadanía que se empobrece, pero en cambio, sí atiende a quienes tienen intereses en que se empobrezca la gente, sólo la desobediencia social, sirve para reivindicar la democracia. Sin ir más lejos, John Locke, padre del liberalismo político estaría de acuerdo con esta interpretación: “ya sea por ambición, por miedo, por insensatez o por corrupción, trate de acumular excesivo poder o de depositarlo en manos de cualquier otro, es decir, un poder sobre las vidas, las libertades y los bienes del pueblo, estará traicionando su misión.”

El Partido Popular y el régimen en su conjunto tienen que entender, que no es la población quien debe adaptarse a un modelo político que juega en su contra, es al revés, es el modelo político quien tiene que responder a las necesidades y demandas de la gente. Ser demócrata hoy, es pensar que ese modelo debe ser reordenado, recuperando la política para que unos pocos dejen de vivir  por encima de las posibilidades y capacidades de muchos. El PP tiene mayoría absoluta, -en un modelo electoral que habría que discutir mucho-, pero es absurdo pensar que la legitimidad política se congela en un resultado electoral y que la legislatura deja ser un proceso abierto, sujeto a variaciones. Así de esta forma, demuestran su desprecio a la democracia tratando de taparle los oídos, vendarle  los ojos y cerrarle la boca a la ciudadanía.

La democracia en este sentido, no tiene tanto que ver con que todos seamos iguales ante la ley, como en  conseguir que la ley nos iguale a todos. La ley no es la base de la democracia, es la democracia la base de toda ley. Por eso les aterroriza  que una persona en lugar de actuar por su cuenta de forma desesperada, prefiera organizarse en comunidad para defender sus derechos y reclamar otros nuevos. La pobreza y la necesidad pueden ser objeto de caridad y comprensión para los liberales, pero en ningún caso, lo es la arrogancia  de discutir la distribución de poder que realmente genera esa pobreza. Por eso presionan el  botón rojo si se trata de decidir por derechos, pero pulsan el botón verde para garantizar el pago a la banca alemana. La relación entre el parlamento y la población cada vez se parece más, a la relación que mantenía el parlamento inglés con las poblaciones insurrectas al otro lado del océano: son extraños para la gente que dice representar, pero íntimos para una casta financiera y patronal.

Todo depende del punto de vista que se adopte: desde la postura del que manda o desde quien quiere dejar de ser un súbdito. Desde la libertad de Pons para que no se le moleste en su casa, o desde la libertad al acceso colectivo a una vivienda. Los mandatarios de raíz autoritaria tienen bien presente a la figura de Hobbes, cuando entienden que un rebelde no debe ser tratado como súbdito, sino como enemigo. A fin de cuentas, como decía Marx, “nadie combate la libertad; a lo sumo combate la libertad de los demás. La libertad ha existido siempre, pero unas veces como privilegio de algunos, otras veces como derecho de todos.”

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Entidad, identidad, comunidad.


 

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El centro de trabajo se ha construido históricamente como un espacio que genera identidad social a quienes no tienen nada más  que sus brazos y cuerpos. Una paradoja ha venido acompañando a la modernidad en toda su evolución laboral: El espacio donde se sufría la explotación, confluía con el lugar donde tejer vínculos sociales y perspectivas comunes que ofrecían los ingredientes de una entidad cristalizada en una identidad compartida. La percepción provocaba una extraña simultaneidad donde las soluciones a la explotación, se incubaban allí donde más se sufría. La identidad obrera, excedía cualitativamente al sujeto fabril directamente señalado como encargado de guiar a las masas en su lucha contra el capitalismo. Cualquier ambiente laboral tendía a reflejarse en las normas hegemónicas de la producción industrial como reflejo de toda una sociedad.

 

Hoy, este escenario no representa más que un campo sectorial sobre el conjunto de la producción que ya no alcanza a explicar la lógica  que sobrevuela nuestros marcos de sentido y significado. Encontramos entonces, como explica Zygmunt Bauman, que no hay un hogar claro que los descontentos sociales puedan compartir. Andamos perdidos, desorientados, porque lo que se esfuma es una forma determinada de explotación que hacía de crisol en las relaciones comunitarias, sociales y políticas construidas en su contra; y con ella también se ve arrastrada nuestra identidad.

 

Frente a una realidad, que como a todas las que les tocan vivir a los seres humanos, no hay cabida para la nostalgia, para ese resoplar que claudica ante a la adversidad y se refugia en la incomprensión de un mundo que nos paraliza con pánico ante su amplitud. Sigamos mejor las enseñanzas materialistas que nos ofrecen Sartre, cuando nos recuerda que no perdamos nada de nuestro tiempo; quizás los hubo más bellos, pero este es el nuestro. Para empezar de nuevo, sin partir de cero (Negri), tenemos que conocer cuál es la estela de la que venimos para saber, no sólo a dónde vamos, sino en qué punto nos encontramos. El lugar por excelencia del proletariado moderno, se convierte en un espacio cada vez más ajeno a la solidaridad y paralelamente más propicio a la competencia, y en lugar de fraguar amistades, se gestionan relaciones tan volubles como dictan los ritmos acelerados de la flexibilidad y la empleabilidad. Hoy en la empresa no se trabaja, se milita de la misma manera que alguien vuelca sus ganas y tiempo confiando en un proyecto político capaz de encarnar aspiraciones y mejoras de futuro.

 

La imperiosa exigencia de la empresa-mundo no deja espacio a la conspiración y a la mirada cómplice de los y las explotadas; todo gira muy rápido para preocuparse por algo más que no sea salvar el culo y consumir  tiempo en presentarte como rentable de cara a la próxima criba que lleve a cabo la empresa. Nuestra mente sufre una actualización constante como la de los antivirus y nuestra capacidad orgánica puede mantener durante un tiempo con labilidad, a base de miedo, estrés o convicción ideológica, aderezado cada vez más con pastillas, cocaína, coaching o autoayuda. Programarnos ya no para hacer de todo, además, tenemos que poder ser cualquiera, convertirnos en otros, manejar nuestras emociones  según lo requiera el guión mientras te animan a que aceptes de buen grado tu explotación con actitud positiva y voluntad de hierro, porque ¡tú lo vales!

 

Si auscultamos el panorama que tiende a instalarse en la mente y actitudes contemporáneas, con la precariedad e incertidumbre como principal estandarte, resulta complicado encontrar rasgos de identidad colectiva lo suficientemente potentes como para afirmar su existencia en el campo laboral. Richard Sennett nos recuerda que el carácter de una persona se corrosiona cuando vive inmerso en la discontinuidad, en el cambio abrupto y la vorágine que demanda los ritmos de la competencia. Sin posibilidad de asentarse, de permanecer quieto por un momento para recuperar el equilibrio y abstraerse para poder pensarse a uno mismo y a su alrededor, no hay comunidad que pueda echar el ancla. Esto no es un alegato al pasado, sino a la toma de nuestro presente en su búsqueda de los elementos que vertebren todo aquello que es contrario a la idea de inmunidad: la comunidad.

 

Dejar de ser inmunes a lo que nos rodea, exceder el campo de lo que se supone que es nuestro cometido o de nuestra incumbencia, expresa un sentimiento compartido alrededor del calor y seguridad que emana cuando nos sentimos parte de un nosotros. En la calle, en el transporte, en  la defensa de lo público, la paralización de desahucios, en los jóvenes sin futuro, o en las mujeres por su derecho a decidir, etc…, encontramos grandes valores y solidaridad, posicionamientos necesarios, pero todavía no suficientes para trascender su campo de batalla particular y alcanzar un nexo común que los interpele a todos sin por ello negar a ninguno. Un mundo donde quepan muchos mundos, podría no ser solo el lema de los zapatistas, también la radiografía de una identidad postmoderna que no puede  reducirse a un único corte homogéneo como antaño. Por ahora, hemos descubierto la cantidad de mundos que pueden componer a ese mundo que las incluye, ahora nos falta saber como nombrar y sentir tácitamente aquello que nos posiciona sin pestañear contra el envite capitalista que coloniza nuestras vidas. Nos falta elegir el hilo con el que tejer a los hijos de la misma rabia.

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Todos somos Truman.


Truman Show

“La democracia no sería de hecho otra cosa que lo que veía Platón en ella: el desorden del dominio, la discordancia entre sus formas, que reflejan el desorden de los deseos populares.”

 

Jacques Rancière.

 

Decía Lenin, no sin razón, que las guerras que libran los de abajo contra los de arriba son importantes, no tanto por el número de bajas causadas al enemigo, sino  por el aumento de tropas que suma el ejército de los desposeídos. La política entonces, encuentra su lugar precisamente en su capacidad de provocar una interrupción, una modificación no sólo en los márgenes que entran en juego, sino sobre todo, en la  alteración de esos márgenes y los actores que establecen las reglas del juego. Por esa razón, la Revolución Rusa ha sido el evento más importante del siglo XX, al demostrar que la subjetividad política puede torcer a lo que está instituido y se proyecta como algo incuestionable. Precisamente, su posterior fracaso descansa –entre otras razones-, en la anulación de ese mismo presupuesto;  alejándose por completo del Marx que criticaba al Espíritu absoluto de Hegel por presentare como discurso omnipotente y dominador de la realidad.

 

Hoy empezamos a observar como el consenso elevado como el fin de la política empieza a quebrarse. Por lo pronto, se extiende la consciencia de que ese consenso viene a ser sinónimo de cinismo y de esterilización en la capacidad colectiva sobre la decisión. En esta tesitura no se puede hablar de política y lo que sucede, es la apariencia de serlo bajo la gestión homogénea y hegemónica de lo político por parte del mercado. Lo que no es otra cosa, que la cooperación de la indiferencia y del intercambio monetario libre de pasiones, encargado de neutralizar cualquier forma de diferencia y crítica: la empresa-mundo toma cuerpo en el régimen financiero apoyado en la deuda que funciona a modo de aspiradora que absorbe plusvalor y captura a la sociedad.

¿Qué cuerpo toma y cómo se expresa hoy el antagonismo entre fuerzas productivas y relaciones de producción, entre el poder constituyente y el constituido, entre las voces de muchos y la palabra de uno? Sobre el conjunto de la vida porque la empresa y el patrón han salido de la fábrica para instalarse en la sociedad y la sociedad se ha metido de lleno en la empresa.  En la diferencia de lo múltiple que nos hace iguales, en el camino que conecta la vida virtual con la presencial y viceversa, en el cambio de la relación mantenida entre Estado y sociedad donde el primero pasa a ser un actor secundario  y la segunda es protagonista. Todo tejido social combativo creado es siempre bienvenido y fundamental, no es algo suplementario, pero de igual forma y combinado con ello, tenemos también quedar la batalla electoral si queremos evitar normalizar y naturalizar la servidumbre por completo. Urnas sin calle e instituciones sociales comunitarias poco pueden hacer, pero calle sin urnas también hace aguas por todas partes.

 

Truman puede moverse libremente dentro del escenario pero en ningún caso tiene la libertad para descubrir que vive bajo el plató de un show. La política empieza cuando Truman cuestiona todos aquellos fragmentos desperdigados de su realidad, que lejos de mostrarse como construidos, le son presentados como algo dado, normal y definitivo. Cuestionar esa fusión entre naturaleza y artificio implica la recuperación del conflicto como elemento indisociable a la democracia; conflicto que al mismo tiempo que tiene lugar, reordena los términos en los que se expresa. Porque no sólo todo lo sólido se desvanece en el aire, también todo lo que es sagrado se profana.

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